Categoría: poiesis académicas
6 Noviembre 2007
UdelaR-
Facultad de Psicología
Psicoanálisis-3er
ciclo
Seminario: “Psicoanálisis
o
Psicopatología”
Docente:
Marcelo Novas.
María
E. Viñar
Octubre de 2007
Un “trabajo” enigmático.
¿Qué preguntarle al duelo?
“El duelo por la pérdida de algo que hemos amado o admirado parece al
lego tan natural que lo considera obvio. Para el psicólogo, empero, el duelo es
un gran enigma, uno de aquellos fenómenos que uno no explica en sí mismos, pero
a los cuales reconduce otras cosas oscuras”
En medio de un velo de oscuridad es necesario aunque fuere un rayo de
luz, y es así como, para vencer el miedo a la incertidumbre y la ignorancia que
rodea los enigmas, no hay mejor alternativa que la posibilidad de formularse
preguntas. Pero, ¿qué preguntarle al duelo?
Si la pregunta fuese “qué es”, rápidamente podríamos responder a
través de la definición que Laplanche y Pontalis dan de ese “trabajo”: “Proceso
intrapsíquico, consecutivo a la pérdida de un objeto de fijación, y por medio
del cual el sujeto logra desprenderse progresivamente de dicho objeto.”
Pero considero que de esta forma no estaríamos en absoluto más cerca de
resolver el enigma del duelo.
Primero que nada sería pertinente entender ante la pérdida de quiénes
aparece el duelo, a quiénes se hace referencia cuando, en la literatura
psicoanalítica, se utilizan términos como: objeto
de fijación o, quizás aún más complejo, objeto
de amor. ¿Qué se lleva este objeto consigo que hace que, aunque fuere por
un tiempo no muy prolongado, la vida resulte tan insoportablemente dolorosa sin
él? Y, ¿por qué decimos dolorosa y no angustiante?
Por otra parte, tampoco allí termina de aclararse del todo la
cuestión, pues deberíamos también preguntarnos “cómo”. ¿Cómo se elabora un
duelo? ¿Cuándo se considera finalizado este “trabajo”?
El fantasma
que protege la falta.
“Nadie cree en su propia muerte, o, lo que viene a ser lo mismo, en el
inconsciente cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad”.
Este es uno de los planteos que Freud hace en “Nuestra actitud hacia la muerte”
(segundo apartado de “De guerra y muerte. Temas de actualidad”). Allí mismo nos
dice que, a pesar de ello, el hombre primordial se hizo a la idea de que él
también podía perecer. La muerte dejó de serle ajena en el momento en que sintió
el dolor provocado por la pérdida de personas amadas, de seres que no eran tan otros,
“es que cada uno de esos seres queridos era un fragmento de su propio yo, de su
amado yo”.
Pero, ¿en qué sentido? ¿Cómo es que un otro puede recibir ese status
de fragmento del propio yo? Es aquí
donde, recurriendo a “El libro del dolor y el amor”, se hace posible plantear
que ese lazo de amor que nos une al objeto elegido, a la persona del amado, es el fantasma
del amado, soldadura inconsciente de un sujeto con la persona elegida. Dice
Nasio: “la persona amada ha cesado de ser solamente una instancia exterior para
vivir también en el interior de nosotros como un objeto fantasmatizado que
resitúa nuestro deseo al hacerlo insatisfecho en el límite de lo tolerable.”
Es decir que este fantasma del amado, soportado por su persona viviente,
permite nuestra estabilidad psíquica, el flujo ordenado del deseo y medido del
placer, a través de la insatisfacción, del mantenimiento de la falta.
Esa falta no nos ha abandonado desde aquel corte simbólico introducido
por la palabra paterna, representante de la ley, que resultó en que jamás
volviésemos a ser el falo imaginario
y comenzáramos a desear tenerlo para llenar un vacío interno que jamás podremos
completar. Me refiero a la castración según la conceptualiza Lacan, en la que
“el mismo falo es, en tanto imaginario, el objeto
al cual apunta la castración y, en tanto simbólico, el corte que opera la castración.”
El falo simbólico es el significante de esa falta que nos acompañará toda la
vida, agujero que el fantasma del amado protege, evitando completarlo, y que la
persona del amado hace más tolerable al ocuparlo a medias desde afuera.
Entonces, al hablar del fantasma, estamos refiriéndonos al objeto a, para el cual “Lacan propone una concepción circular según
la cual se trata siempre, bajo las diversas formas en que este objeto se
manifiesta, de la misma función de falta, ligada a la constitución del sujeto
en el lugar del Otro.”
Es decir que a es considerado por Lacan como un objeto de identificación a
través del cual se ama, pero que no se tiene. Nos referimos a “esa presencia
inasible del otro amado en nosotros, esa cosa que perdemos cuando la persona
elegida desaparece definitivamente de la realidad exterior.”
La presencia del amado en el inconsciente, por otra parte, se
encuentra en los registros simbólico, real e imaginario. Es este último
registro el que engendra un espejo de vidrios rotos que también refleja
deformadamente al propio sujeto, devolviéndole imágenes de sí mismo. Pero el
fantasma necesita del soporte viviente de la persona del amado, necesita de la
irradiación de su deseo; el ser amado es para nosotros, así como nosotros somos
para él “el mismo ser mixto hecho de carne y de inconsciente.”
Es a partir de aquí que comenzamos a transitar el camino hacia la
comprensión del fenómeno del duelo, como aquel que comienza con una pérdida,
pero no la del cuerpo del ser amado como tal, sino la del cuerpo como lo
material que sostiene al fantasma del amado. Este último, al quedar sin sostén,
genera una serie de dolorosos desequilibrios que aún nos queda pendiente
desentrañar.
No hay prueba
que valga: insustituible y reaparecido.
El duelo, que Freud describe en “Duelo y melancolía”, presenta determinadas
características: una desazón dolida, el desinterés por el mundo exterior e
inhibición de toda productividad, que desaparecen espontáneamente un tiempo
después, una vez llevado a cabo el “trabajo de duelo”. Pero, ¿cómo se da ese
“trabajo” según Freud? El examen de realidad muestra que el objeto no existe
más y, entonces, poco a poco se va quitando la libido de sus enlaces con ese
objeto. “El duelo mueve al yo a renunciar al objeto declarándoselo muerto y
ofreciéndole como premio el permanecer con vida”.
Pero, ¿cómo conformarse con una vida de la que ese ser tan preciado ya no forma
parte? ¿Cómo convencerse de que seguir con vida es una recompensa cuando una
pérdida ha hecho tambalear hasta al “amor a la imagen de sí mismo”?
Esta es una suerte de crítica que no supe formular correctamente hasta
dar con una de las que Allouch enuncia en “Erótica del duelo en el tiempo de la
muerte seca”, la que refiere al objeto
sustituible, una de las concepciones esenciales del duelo freudiano, e
incluso al propio echo de referirse a un ser querido como objeto. Según el planteo de este autor, ya desde declaraciones que
Freud realizara en “Tres ensayos de teoría sexual”, el objeto es descrito como
incapaz de motivar el deseo, lo que genera la posibilidad de ser considerado
como sustituible. Después de todo lo plasmado en el apartado sobre la persona
amada y a través de lo propuesto por Allouch, comprendemos que no puede
pensarse un objeto desvalido de la función de suscitación de deseo, por lo que
no puede concebirse el sustituto de un ser querido. No quiero decir con esto
que nadie más pueda volver a ocupar el status de un elegido, sino que jamás
será sustitutivo, porque su fantasma no será el mismo que el que unía al sujeto
con el desaparecido y el nuevo elegido suscitará el deseo de forma diferente,
ya que su propio deseo será distinto.
En este sentido, considero que Nasio logra, aunque sin intención de
hacerlo, enunciar un duelo similar al freudiano, pero con cierto matiz,
evitando la necesidad de la recompensa que sería una sustitución. Dice: “La
reacción del yo contra la conmoción desencadenada por la pérdida se descompone
en dos movimientos: una aspiración súbita de la energía que lo vacía –
movimiento de desinvestidura -, y la
polarización de toda esta energía en una sola imagen psíquica: movimiento de sobreinvestidura. (…) Hacer un duelo
significa, en efecto, desinvertir poco a poco la representación saturada del
amado perdido para volverla nuevamente conciliable con el conjunto de la red de
las representaciones yoicas.”
Esto significa, sí, redistribuir la energía, no obstante esta redistribución no
implica ineludiblemente a un objeto sustitutivo; sino a la libido puesta en
otras representaciones, de otros objetos y personas, pero que sin dudas no
vendrán a tomar el lugar exacto del fantasma del desaparecido. Posteriormente,
en la página 202, Nasio reafirma el planteo freudiano de un objeto sustitutivo,
pero ¿cómo puede este autor darle al lazo con el desaparecido el estatuto que
le da, para luego decir que puede ser sustituido? Considero que la reafirmación
aludida no se desprende de forma lógicamente necesaria de lo antes planteado y
me hace pensar que el matiz que percibí es puro azar.
Por otra parte, Nasio es uno de los tantos que utiliza la expresión
“trabajo de duelo”, que Allouch critica en varios puntos de su libro sobre el
duelo. Considera que se trata de una expresión fortuita, cuyo status no es el
de concepto dentro de un texto (“Duelo y melancolía”) en el cual ni siquiera
existe el intento de explicar el propio duelo. Es que Allouch plantea que se
toma como una explicación del duelo aquello que Freud describe explícitamente
como un intento de explicación de la melancolía a partir del duelo, al cual al
parecer plantea como ya explicado.
Otro fundamento es que, al responder por la negativa a su pregunta
“¿Puede la realidad ser prueba de lo
que sea?”, ya no podría pensarse el “trabajo” de responder al mandato de la
realidad. Dice Allouch: “Si en especial la realidad ya no es aceptada como
aquello contra lo cual quien está de duelo se da de narices (…) ya no se ve muy
bien lo que quiere decir ‘trabajo de duelo’.”
Una de las objeciones que hacen caer la estabilidad del “principio de
realidad” se basa en una experiencia que suele ocurrirle al recién enlutado. Es común que quien está
de duelo vea al muerto en todas las personas, en uno o varios rasgos que por un
momento despierta la creencia de un reencuentro y hace estallar de felicidad.
Es por eso que el autor no habla de muerto sino de desaparecido, ya que “por
definición, es algo que puede reaparecer, reaparecer en cualquier lugar, en
cualquier momento, a la vuelta de la próxima esquina. Así nos vemos impulsados
a concebir que no habría precisamente prueba de la realidad para quien está de
duelo”.
Nasio también desequilibra la balanza en desmedro del principio de
realidad, pero sin proponer la propia eliminación de la balanza. Es decir que
no plantea la inexistencia de este principio en el duelo, pero sí que ante el
clivaje producido por la disyunción: presencia del otro en mí- ausencia real
del otro, el yo elige rechazar la segunda, no bastándole la realidad como
prueba. En este punto comenta lo que él llama el fenómeno del amado fantasma, término que emplea por analogía al
fenómeno neurológico del miembro fantasma. O sea que “la alucinación de las
sensaciones fantasmas procedentes del brazo amputado, o la alucinación de la
presencia fantasma de un marido desaparecido se explicarán ambas por una
sobreinvestidura tan desproporcionada de la imagen de esos objetos perdidos que
ésta termina por ser eyectada fuera del yo.”
Esto podría ser considerado como una posible explicación para la experiencia de
ver al desaparecido en todas partes que relata Allouch, salvo si se tiene en
cuenta la crítica que este autor hace también a la noción de representación.
¿Entre carne e
inconsciente? Donde termina el espejo.
Pero volvamos, una vez más, al duelo que Nasio refiere o, mejor, al
sentimiento que según este autor causa ese fenómeno: el dolor psíquico. Éste
sería “el afecto que expresa el
agotamiento de un yo muy ocupado en querer desesperadamente la imagen del amado
perdido.” Y son
los movimientos de desinvestidura y sobreinvestidura los que agotan al yo,
llegando este sentimiento de desasosiego a la conciencia.
Pero, ¿por qué se habla de dolor
y no de angustia? La angustia sería
la reacción ante la inminencia de una conmoción pulsional, mientras que el
dolor se produciría cuando, en efecto, esa conmoción se da, producto de una
pérdida súbita. Sin embargo, al hacer este planteo, Nasio parece no considerar
una posibilidad que podría desprenderse de sus propias enunciaciones. Como lo
dijera en páginas anteriores, el fantasma del amado protege la falta y, con el
desvanecimiento que le ocurre a éste al quedarse sin soporte de carne, pronto
ocurre un (aunque fuere mínimo) temblor del orden del deseo. ¿Puede el
sentimiento de dolor fundirse, por lo menos en los primeros momentos
posteriores a la pérdida (en los que, según Allouch, lo primero que hace el
enlutado es decir “no es verdad”), con una angustia que anticipa el
desequilibrio inminente?
Este planteo podría relacionarse a primera vista con la señal de angustia que Freud introduce en
la reestructuración que hace de su teoría de la angustia en la 32ª conferencia
de Introducción al Psicoanálisis. Sin embargo, si nos atenemos a la descripción
que Freud realiza de esta señal como “semejante a los desplazamientos de
pequeñas figuras sobre el mapa, anteriores a que el general ponga en movimiento
sus masas de tropa”, debemos tener en cuenta que lo que el yo anticipa como
peligroso es “la satisfacción de la moción pulsional dudosa (…) Así se pone en
juego el automatismo del principio de placer-displacer, que ahora lleva a cabo
la represión de la moción pulsional peligrosa.”
Vemos así que la angustia planteada en el párrafo anterior podría no condecirse
con la señal de angustia freudiana. No es la satisfacción de una moción
pulsional lo que amenaza sino la falta de quien sostenía la tolerabilidad de la
no satisfacción.
Ahora, si planteamos la angustia desde Lacan, desde los “apuntes” que
Moustapha Safouan toma del seminario de Lacan sobre la misma, podríamos llegar
a una versión diferente. Según estas notas, el ágalma es el lugar elegido por la angustia, es esa relación del
sujeto con su falta, ese límite donde termina el espejo y comienza lo
reflejado. En este sentido, la angustia no puede ser previa a la existencia del
yo, no puede ser pre-especular, no puede tener su origen en el nacimiento,
porque según la propia definición freudiana, no muy exhaustiva para Lacan, la
angustia es una señal en el yo. En
definitiva, es cuando Safouan comenta el planteo lacaniano sobre el sadismo
cuando queda muy claro que la angustia es producto de la imposición de “esta
división, esta hiancia que hay entre su existencia de sujeto y su ser de
carne.”
División, que se hace palpable en el duelo, de aquel lazo que unía al enlutado
con el desaparecido, un lazo de carne y
de inconsciente. Ya no hay cuerpo viviente, ya no hay soporte de carne,
aunque no haya prueba suficiente de ello, y el fantasma que aún persiste
deviene testigo de aquella división.
Sin embargo, agreguemos, “la angustia no es por la falta, sino por la
desaparición de esta falta.”
Ya sabemos que la falta, al menos en el caso del duelo normal, no desaparece,
pero… ¿no generará al menos un mínimo sentimiento de angustia
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servido por autopoiesis
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7 Octubre 2006
Universidad de la República
Facultad de Psicología
Segundo Ciclo: Curso de Introducción al Psicoanálisis
Seminario de Profundización: días miércoles de 10:30 a 12:00 hs.
Docente: Nelly Rodríguez
Nota reflexiva:
Amnesia Infantil:
“Lo esencial es invisible a los ojos”… y cae en el olvido.
María Eugenia Viñar Martínez
Octubre de 2006
INTRODUCCIÓN.
“Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.)” Dice Antoine de Saint-Exupéry en la dedicatoria de su famoso libro “El Principito”
También yo quiero excusarme por citar, en el curso de esta nota reflexiva (incluyendo el título de la misma), varias frases de este libro. Quienes lo conocen, seguramente saben apreciar la magia que contiene y el gran misterio con que tiñe al universo. Al igual que con esta obra, me conmuevo (y siempre me he inquietado) frente al gran velo que cubre la mayor parte de las vivencias de la infancia, aproximadamente hasta los seis u ocho años de vida. Esta es la razón por la que quiero referirme a la amnesia infantil en este trabajo.
El término ya existía antes de que Freud lo utilizara, pero él encuentra en ella “algo distinto al efecto de una incapacidad funcional que tendría el niño pequeño para registrar sus impresiones” , según lo plantean Laplanche y Pontalis en la definición que de ella dan.
Es decir que un hombre no sólo vive en un país, en un mundo, que excede sus capacidades de comprensión y donde mucho más que el hambre y el frío lo asechan. De todos los duelos que ha transitado para llegar a la adultez, el peor y el más imperecedero es la laguna en su memoria que cubre los primeros años de vida (y que también excede sus capacidades de comprensión), de los que sólo recibe formaciones oníricas aisladas. Sólo muy pocos recuerdos escapan de este olvido. Entonces cabe preguntarse: ¿Qué es lo que se olvida? ¿Por qué?
Es sabido que Freud llegó a postular la sexualidad infantil, que el adulto ha olvidado, a través del tratamiento de lo que él llama “psiconeurosis” y, más específicamente, de la histeria. ¿Cuál es la relación que éstas tienen con la amnesia infantil?
Sé que plantearme como objetivo responder de manera profunda y acabada todas estas preguntas sería demasiado ambicioso de mi parte, pues soy conciente de que hacerlo implicaría ahondar en varias teorizaciones bastante abstrusas. Por eso mi intención es hacer una suerte de síntesis (apretada e incompleta) de algunas de ellas, y siempre relacionarlas con el eje principal que ha sido planteado en párrafos anteriores.
DESARROLLO.
Aquello que es mejor olvidar.
La amnesia infantil, según continúa la definición en el Diccionario de Psicoanálisis, “es el resultado de la represión que afecta a la sexualidad infantil y se extiende a la casi totalidad de los acontecimientos de la infancia.” Esta explicación fue muy controversial en la época en que Freud la proporcionó, pues lo esencial de la actividad del infante era invisible a los ojos científicos de entonces. Siempre que se notaban prácticas explícitamente sexuales de forma temprana en la infancia, se describían como excepciones a la regla que dictaba la pureza de los niños, lo que mantenía a los científicos con los ojos vendados. Un hilo fundamental de esa venda era (y es) la resistencia del adulto a traer a la conciencia lo ocurrido en la infancia. Otro era el hecho de asimilar sexualidad con genitalidad y con reproducción, cualquiera de cuyos términos excluía a los pequeños de toda práctica de carácter sexual. Pero esta exclusión no es pertinente si aceptamos la existencia de una organización sexual previa a la genital, la pregenital, en la que las pulsiones parciales no están sometidas al dominio de la genitalidad. El desarrollo libidinal lleva al tránsito de varias fases, con primacía de diferentes zonas erógenas y predominio de distintos modos de relacionamiento de objeto. A diferencia de lo que ocurre en la perversión, en la que también aparece la preponderancia de una pulsión parcial, la sexualidad infantil carece de centramiento puesto que cada pulsión parcial busca anárquicamente la ganancia de placer. Es por esta razón que el niño fue caracterizado como “perverso polimorfo”.
Las pulsiones parciales tienen como meta el placer de órgano, no incluyendo los genitales, al menos al principio. La primera fase es la oral, en la que la energía sexual nace apuntalada a la nutrición (por ende, unida a las pulsiones de autoconservación), tiene como zona erógena la mucosa bucal y los labios. Una de las principales prácticas de esta edad es el chupeteo, en el que se fantasea con el placer de mamar. La fase anal se da entre el segundo y el cuarto año de edad y se caracteriza por la organización libidinal bajo primacía de la zona erógena anal. La función de defecación (con la expulsión como polo pasivo y la retención como activo) y el valor que el niño da a las heces, como el regalo que ofrece o no según la situación, impregna la relación de objeto. Posteriormente Freud agrega la fase fálica entre la fase anal y el período de latencia y lo genital pasa a un primer plano, sobre todo el tener o no tener genitales masculinos (la oposición de los sexos equivale a fálico-castrado). En esta fase se unifican las pulsiones parciales pero sólo se concibe la existencia del pene. Se da el complejo de castración: el niño teme perder su pene (sobre todo al recordar las amenazas proferidas por los padres para evitar que se frotara, ya que no es raro que la masturbación comience hacia los tres años, en ambos sexos). Freud se contenta con decir que la niña tiene envidia del pene tan grande y visible del niño, pues su clítoris sería como un pene mucho más pequeño y menos valorado. Aunque más tarde reconocerá que la feminidad es inaccesible a su comprensión.
El complejo de Edipo tiene su apogeo en la fase fálica (entre los tres y los cinco años). Su forma completa supone las llamadas complejo de Edipo positivo y negativo. El primero supone que el infante tiene sentimientos hostiles hacia el progenitor de su mismo sexo y deseos sexuales hacia el del sexo opuesto al suyo. En la forma negativa ocurre a la inversa: se desea la muerte al del sexo opuesto y el objeto sexual es el de su mismo sexo. Sólo lo pre-edípico diferiría en la niña, pues ella, a pesar del estrecho vínculo generado con su madre en los primeros años de vida, debe cambiar de objeto de amor y elegir a su padre en lo que a la forma positiva del complejo se refiere. Sin embargo, Freud sostiene (en Tres ensayos de teoría sexual) que la elección de objeto no se da plenamente hasta la pubertad, con la reedición edípica. Es decir que la sexualidad infantil es esencialmente autoerótica.
Todas las exteriorizaciones de lo que someramente he reseñado son plausibles de ser olvidadas y son de índole sexual. Ahora, ¿por qué tenemos tan pocos e inexactos recuerdos de la niñez? ¿Acaso todo está tan ligado a la sexualidad que prácticamente nada puede ser desestimado por la represión y escapar, así, de la amnesia infantil? Cuando los críticos le hacen este tipo de preguntas, con la intención de acusarlo de ser pansexualista, Freud responde que su teoría es dualista pues existen fuerzas pulsionales no sexuales, las de autoconservación o yoicas. Según Laplanche, esta respuesta señala que no todo se explica sólo por la sexualidad. En este sentido, el mismo autor plantea que “la sexualidad no es todo (…) pero está presente en todos los niveles del ámbito psicoanalítico. Está en todas partes, y con esto quiero decir que desde el principio al fin de la obra freudiana se plantea a la sexualidad como lo reprimido fundamental, incluso como lo único que se reprime” . A partir de esto, y a juzgar por lo poco que es cotidianamente recordado de los primeros años de vida, la mayor parte de lo vivido en ese período se relaciona, en mayor o menor medida, con la sexualidad y por eso se destierra al sistema inconsciente.
Cuando lo esencial cae en el olvido.
“El campo cubierto por la amnesia infantil tendría su límite temporal en la declinación del complejo de Edipo y la entrada en el período de latencia.” Más allá de que ya haya actuado la represión en momentos anteriores, es en estos tiempos, a los seis u ocho años de edad, cuando ocurre una gran oleada represiva. Se construyen los diques psíquicos (vergüenza, asco y moral) que son formaciones reactivas, negociaciones entre el deseo y la defensa (que reacciona contra éste) que, al beneficiar mayormente a la última, se expresan en actitudes o hábitos psicológicos radicalmente contrarios al deseo reprimido. Estas formaciones se valen de la energía sexual que ha sido desviada para otros usos por ser, de lo contrario, mociones sexuales irrealizables, porque aún no se está apto para la reproducción, y perversas, por lo que en esta etapa suscitarían displacer. Freud incluye, en “Tres ensayos de teoría sexual”, a estas formaciones en el mecanismo de sublimación, aunque aclara que en realidad suele tratarse de dos mecanismos separados. Además, la sublimación no es alcanzada por todos los seres humanos y es considerada el destino de pulsión superior, cuyos resultados (literarios, plásticos, teatrales, etc.) son muy apreciados socialmente.
“Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como, a la edad de seis años…” Efectivamente, es con la entrada a la escuela y/o durante los primeros años de la etapa escolar que, generalmente, la actividad y la ebullición sexual del niño se ven disminuidas para permitirle mayor apaciguamiento a la hora de aprender. Y como “toda cultura debe edificarse sobre (…) una renuncia de lo pulsional” , es lógico que este fenómeno sea propiciado, aunque no causado exclusivamente, por la cultura y la educación mismas.
Recuerdos que cubren la esencia.
“Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa a fin de que las personas grandes pudiesen comprender. Siempre necesitan explicaciones.” Y los niños también las necesitan, porque en la fase anal aparecen con fuerza las pulsiones de saber y de ver, que no son satisfechas por las incompletas respuestas adultas. Esto conlleva a la investigación sexual, que comienza en el tercer año de vida, y a la formulación de falsas teorías sexuales. Por ejemplo, lo primero que buscan saber es de dónde vienen los bebés y suelen pensar que se producen en el intestino. Esa teoría es dejada de lado al menguar los intereses anales y pasa a ser el ombligo, u otra zona del cuerpo, el lugar por donde nacerían los bebés. Estas nuevas versiones “se enuncian de manera expresa y luego se las recuerda también concientemente; ya no contienen nada chocante” , pero todas las teorías anteriores suelen ser víctimas de la amnesia infantil. De ser concientes, seguramente suscitarían asco y vergüenza.
Por otra parte, la mayor parte de los recuerdos que, espaciados e insignificantes, se conservan, no responden a vivencias importantes. Se trata de “recuerdos encubridores” que reemplazan a éstas por nimiedades, sirviéndose del mecanismo de desplazamiento, que hace posible que el monto de afecto de aquellas representaciones se una a otras, más aceptables por la conciencia. Estos recuerdos siempre son plásticos, visuales. Del hecho que en los recuerdos más tempranos generalmente el adulto se ve a sí mismo (cuando pequeño) en la escena, Freud deduce que de ellos “no poseemos la huella real y efectiva, sino una elaboración posterior de ella, una elaboración que acaso experimentó los influjos de múltiples poderes psíquicos posteriores.”
Asimismo, los recuerdos importantes de la infancia suelen volver en sueños, aunque también disfrazados por el desplazamiento y la condensación, típicos del proceso primario.
Amnesia infantil y su relación con las neurosis.
Sabemos que, a pesar de no recordarlas en su totalidad, las huellas que marcan nuestro desarrollo afectivo-sexual serán determinantes de nuestra vida anímica posterior. Freud escribe a Fliess, en la carta 84: “lo que en la época prehistórica es visto, da por resultado el sueño; lo que es oído, las fantasías; y lo que en ella es vivenciado sexualmente, las psiconeurosis. La repetición de lo vivenciado sería en sí y por sí un cumplimiento de deseo.”
Las psiconeurosis que Freud llama de transferencia (siendo la histeria y la neurosis obsesiva sus exponentes más conocidos), tienen como uno de sus causantes, que debe ser sumado a otros para producirlas, una regresión. Ésta, a su vez, sólo puede darse de haberse producido una fijación de la libido en alguna de las fases ya reseñadas. Se puede dar un retroceso a los primeros objetos investidos, objetos incestuosos, o de toda la organización sexual a estadios anteriores. En la neurosis obsesiva, en la que hay una regresión al estadio sádico-anal, también se da la regresión en cuanto al objeto. Sólo este último tipo de regresión se da en la histeria. Es decir que aquello deseado que la amnesia infantil ha ocultado, es lo que vuelve a desearse, a modo de repetición. En las neurosis, la regresión sería el factor predisponente, que sumado a la frustración, como factor accidental, formaría las llamadas series complementarias (cuanto mayor es un factor, menor es el influjo necesario del otro para causar la neurosis).
Otro causante, según expone Freud en la 22ª conferencia de introducción al psicoanálisis, es el conflicto entre las pulsiones yoicas y las sexuales, que son mucho más difíciles de domeñar que las primeras. “La inclinación al conflicto, proveniente del desarrollo del yo, (…) ha rechazado esas mociones libidinales” que, fijadas, empujan a estas neurosis en dirección de aquel objeto. No se tuvo noticia de ello hasta que se manifestó esta patología y, aún en ella, lo esencial de su mensaje, es invisible a los ojos. Se trata de síntomas repletos de simbología, relacionada tanto con huellas de vivencias reprimidas (algunas ocultas tras la amnesia infantil y otras, posteriores, bajo la amnesia histérica, en el caso de la histeria) como por otras, concientes, que se encuentran encadenadas a ellas.
Podría establecerse una paralelismo entre síntoma y recuerdo encubridor, pues en ambos ocurre que el monto de afecto es separado de la representación original, al tiempo de que esta fuera reprimida por estar en estrecha relación con lo sexual infantil, que es penoso para el sistema conciente adulto. Por otra parte, así como se pueden interpretar los síntomas para vencer la resistencia y abolir la amnesia histérica, también se llegará a las huellas mnémicas veladas por la amnesia infantil a partir de un análisis trabajoso de los recuerdos encubridores.
“Necesité mucho tiempo para comprender de dónde venía. El principito, que me acosaba a preguntas (…) Y sólo por palabras pronunciadas al azar pude, poco a poco, enterarme de todo.”
CONCLUSIÓN.
La amnesia infantil es un punto que Freud ha tocado en varias partes de su obra, por lo que, se podría relacionar con una enormidad de otros puntos. He tratado los que más me interesaron.
Creo que la lectura sobre sexualidad y, principalmente, sobre el desarrollo de la libido, me llevó a comprender mejor porqué sobreviene la amnesia infantil y lo que nos hace olvidar, aunque la síntesis que me vi obligada a realizar quizás no logre demostrarlo totalmente.
Por otra parte, tomé conocimiento de la existencia de recuerdos encubridores, encadenados a los importantes, lo que ignoraba por defecto de este tipo de recuerdos de mi propia infancia.
Con respecto a la relación entre amnesia infantil y amnesia histérica, se pone de manifiesto que tanto la amnesia histérica como la infantil son causadas por la represión, siendo la última de ellas condición para las represiones posteriores y, fundamentalmente, para la amnesia histérica.
Podría decirse mucho más sobre este tema, sobre todo si se tomaran aportes de autores post-freudianos (lo cual era mi intención, pero debí desertar ante la extensión que, solamente partiendo de la obra de Freud, comenzó a tener esta nota). Pero hay que saber aceptar que es imposible saberlo todo, como lo hace el aviador que, en el final, al mirar la inmensidad del universo se pregunta si el cordero se habrá comido a la flor.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
Freud, S. (1898). Carta 84. En: Freud, S. Obras Completas Tomo I. (pp.316). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1901). Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores. En: Freud, S. Obras Completas Tomo VI. (pp.48-56). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual Ensayo II. En: Freud, S. Obras Completas Tomo VII. (pp.157-188). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1908). Sobre las teorías sexuales infantiles. En: Freud, S. Obras Completas Tomo IX. (pp.183-202). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1915-1916). 13ª Conferencia: Rasgos arcaicos e infantilismo del sueño. En: Freud, S. Obras Completas Tomo XV. (pp.182-194). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1916-1917). 20ª Conferencia: La vida sexual de los seres humanos. En: Freud, S. Obras Completas Tomo XVI. (pp.277-290). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1916-1917). 21ª Conferencia: Desarrollo libidinal y organizaciones sexuales. En: Freud, S. Obras Completas Tomo XVI. (pp.292-308). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1916-1917). 22ª Conferencia: Algunas perspectivas sobre el desarrollo y la regresión. Etiología. En: Freud, S. Obras Completas Tomo XVI. (pp.309-325). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Freud, S. (1927). El porvenir de una ilusión. En: Freud, S. Obras Completas Tomo XXI. (pp.1-55). Buenos Aires: Amorrortu Editores
Laplanche, J., Pontalis, J.B. (1971). Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona: Labor S.A.
Laplanche, J. (1980). Cap I: Introducción a la historia y a la problemática de la sexualidad. En: Laplanche, J. La sexualidad. (pp. 7-38). Buenos Aires: Nueva Visión
OBRA LITERARIA:
de Saint-Exupéry, A. (1946). El Principito. Buenos Aires: Emecé
(ilustración del mismo autor).
TODAS LAS CITAS CONSTAN DE NOTA AL PIE EN EL ORIGINAL, PERO NO SÉ CÓMO HACERLAS CONSTATAR AQUÍ.
servido por autopoiesis
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2 Agosto 2006
Universidad de la república.
Facultad de Psicología.
Introducción a la Psicología Social.
Integrantes sub-grupo:
Favretto, Carlos. Larriera, Micaela. Porley, Juan. Sosa, Ana Laura. Viñar, María.
Observación de campo.
El día miércoles 31 de mayo de 2006, a la hora 20:25 nos encontramos en el bar “La Tortuguita”, situado en la esquina de Tristán Narvaja y Mercedes. Luego de acordar la forma de registro, a saber: uno por persona, nos abocamos a la tarea.
En el bar se encuentran alrededor de veinticinco personas, incluyendo dos mozos, aproximadamente cuatro o cinco personas atrás de la barra cumpliendo diferentes tareas – lavando, cocinando, atendiendo la caja, entre otras-, clientes de pie recostados en la barra tomando bebidas alcohólicas y las demás sentadas distribuidas de diversa forma en seis mesas: cinco muchachas en la mesa que nos es más lejana, contra una ventana que da a la calle Mercedes, a la derecha de la puerta principal del local – esquina de Tristán Narvaja y Mercedes- ; dos mesas con dos mujeres cada una, una de éstas se encuentra sobre la pared, a la izquierda de la puerta que da a Tristán Narvaja y la otra a la izquierda de la puerta principal del local; en el centro, dos hombres; en la mesa sobre una de las ventanas que da a Tristán Narvaja, a la derecha de la puerta de Tristán Narvaja, una pareja de jóvenes y nosotros que somos cinco y nos encontramos sentados en una mesa ubicada sobre una ventana, a la izquierda de la puerta de Tristán Narvaja.
Ni bien nos instalamos se nos acerca uno de los mozos y nos ofrece la carta, pedimos un café, tres grapa miel y una porción de pizza. El ambiente es cálido, hay una temperatura agradable.
Por una de las ventanas que da a Tristán Narvaja se ven seis autos estacionados, una camioneta, vehículos transitando y frenando por el semáforo, la mayoría de los cuales van hacia Mercedes, menos se dirigen hacia 18 de Julio y la minoría dobla hacia Mercedes. Transitan taxis – la mayoría vacíos-, bicicletas, motos, camionetas comerciales, de publicidad, un coche escuela, ómnibus – por la calle Mercedes- , unos llenos y otros vacíos.
Un hombre y una mujer, él con traje, ella con un saco largo de color negro, charlan cinco minutos aproximadamente apoyados en un coche que está estacionado y finalmente suben al mismo y se van. Otro hombre, también de traje, se va en la camioneta estacionada y aproximadamente 15 minutos más tarde se estaciona un auto en ese mismo lugar y baja del mismo otro hombre, éste vestido informal. Más tarde otro sube a otro de los vehículos estacionados, se encuentra con ropa formal: un traje azul, habla por celular y lleva una caja. Posteriormente un taxi frena y bajan del mismo una mujer y un niño, ambos abrigados y vestidos informalmente.
Entre los autos que transitan, quienes lo manejan en su mayoría son hombres y adultos medios. Por el contrario, quienes utilizan la bicicleta como medio de transporte son todos jóvenes.
Se ven las hojas de los árboles caídas, éstos por tanto sin ellas, papeles, residuos, el local del “Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros”, “La Favorita”, un local de libros, el bar “Maipo”, todos cerrados.
Pasan mujeres, hombres, niños, niñas y jóvenes. Algunos caminan juntos, otros solos. Ente los que caminan solos encontramos: mujeres, hombres, jóvenes de sexo femenino y masculino. Entre las personas que van acompañadas: muchachos y muchachas, mujeres y niños, hombres y mujeres, muchos jóvenes, hombres, mujeres, etc.
Están todos abrigados: camperas, sacos, bufandas, guantes. Los sacos, camperas y guantes son en su mayoría de colores oscuros y las bufandas, por el contrario, son mayoritariamente de colores vivos. Muchos pasan haciendo uso de los celulares. Todos llevan consigo mochilas, bolsos, carteras, papeles, bolsas, morrales, cuadernos. Muchos tienen lentes. Algunos transitan charlando, riendo, otros serios. La mayoría son jóvenes, pero transitan personas de todas las edades. Se ve también, por Mercedes, mucha gente concentrada por la parada de ómnibus y algunos de quienes vemos pasar por la ventana que da a Tristán Narvaja se dirigen justamente hacia allí.
Paralelamente, dentro del local una compañera observa que en las mesas hay servilleteros negros, algunos de la marca Blenders y otros de Macpay. Se detiene en nuestra mesa y observa el orégano, el cual está dispuesto en un plato chico de color verde y por debajo de éste una servilleta blanca y un plato más grande también de color blanco.
En la superficie superior hay tubos de luz, algunos rotos, y dos televisores prendidos. Al lado de uno de los televisores hay un cartel que dice: “BAR LA TORTUGUITA PIZZERÍA” como título, y por debajo la lista de productos ofrecidos, como por ejemplo: pizza, pizza rellena, panchos, fainá, sandwiches. Por debajo de este cartel hay un reloj y a la izquierda de éste propagandas de whiskis, un cartel de prohibido fumar y una gran botella de Pilsen filtrada en un cartel de un metro y medio aproximadamente. Hay una columna en el medio del bar que sostiene un teléfono público de tarjeta y promociones varias. Hay también plantas, desconociéndose si son naturales o artificiales, y arriba de la caja de cobros están dispuestos de forma ordenada las diferentes marcas de cigarrillos.
Sobre la pared de la barra hay una estantería llena de bebidas alcohólicas, entre las que encontramos: whisky, grapa, grapamiel, etc. Detrás de ella hay un empleado que lava vasos mientas mira hacia otro lado. Luego se seca, mira a todas las mesas y luego para afuera mientras seca el fogón. Toma una botella y un contenedor y se va a hacer algo fuera de nuestro campo de visión. Vuelve y pone la botella en su lugar, lava el contenedor. Está constantemente mirando hacia la caja o hacia fuera. Toma dos vasos y se para en un rincón, se queda un rato mirando la televisión y rascándose la cabeza con una cierta periodicidad.
Los mozos están vestidos con un traje negro – pantalón y chaleco-, camisa blanca y una moña negra en el cuello. Uno de ellos, el que nos atendió nos mira, le señala algo al empleado antes mencionado y cuchichean. Luego el mozo lleva pimienta a la mesa del centro, donde uno de los clientes está vestido con una camisa violeta que a varios de nosotros llama la atención. Llega un muchacho que le pregunta al mozo dónde está el baño, éste le señala con el dedo y el muchacho se dirige hacia ahí. El mozo mira la televisión, nuestra mesa y las demás, mientras se apoya en la barra. El muchacho sale del baño, saluda al mozo y se va, éste último mira la caja y realiza una mirada periférica por el local.
A las 20:43 comienza, proveniente de dos parlantes ubicados cerca de la barra, a sonar una canción de Phill Collins, percatándonos todos de ello. Más tarde, se escucha una canción italiana que recuerda el mundial de Italia noventa, mientras en el televisor el informativo muestra imágenes de Kessman intercaladas con imágenes de partidos de fútbol.
En la mesa que se encuentra más alejada a las nuestra las chicas toman cerveza y conversan en voz alta. En determinado momento se ríen fuertemente, lo que llama la atención de todos los presentes. En la mesa sobre la ventana, a la derecha de la puerta que da a Tristán Narvaja, los jóvenes toman cerveza y estudian el test de Rorschach. Abandonan, luego, el estudio para conversar. En la mesa que está ubicada a la izquierda de la puerta principal las dos mujeres toman cerveza y comen pizza mientras charlan en voz baja. Desde la otra mesa ocupada por dos chicas se escucha un comentario sobre “una fantasía inconsciente” seguido de risas; estas chicas también comen pizza y toman cerveza. En la mesa del centro dos señores, los cuales se encuentran charlando con voces roncas y fuertes, comen pizza y toman una medida de whisky cada uno.
Se oyen risas, alguien aclarándose la garganta, voces pidiendo comida. Los mozos atienden sus mesas, miran la televisión, charlan, y uno de ellos nos mira. Uno de los hombres de la mesa del centro se levanta al baño, vuelve y luego se retiran los dos. En la barra los clientes y los empleados charlan y trabajan. En un momento el mozo que nos atendió nos hace una seña, como diciéndonos que escribimos muy rápido.
Finalmente lo llamamos, nos trae la cuenta, la pagamos y nos retiramos, culminando así nuestra observación.
Análisis individual: María Viñar.
¿Cómo empezar?
¿Con el pie derecho? Es curioso que, en la vida cotidiana, queramos comenzar el día pisando con el pie del lado que, históricamente, ha representado la fortaleza, lo tradicional, lo recto, lo justo, la razón y es igualmente interesante entender a qué familia de palabras pertenece la palabra “destreza”, e incluso que existen expresiones que refieren a esto mismo: por ejemplo, en francés, mal à droit significa “torpe”. No debemos, en ese intento de desnaturalización de lo naturalizado que constituye a la Psicología Social, dejar de tener en cuenta que se trata de construcciones sociales, históricas, culturales y que, detrás de ellas, se esconde la tendencia a creer que lo diferente no alcanza los estándares, que no es bueno. ¿Qué hubiera pasado si a la derecha se le hubiera llamado, desde un principio, izquierda? ¿Viviríamos hoy en el “Reino del revés” que Ma. Elena Walsh alguna vez fantaseó? Leyendo a von Foerster estamos más cerca de pensar que sí, puesto que él plantea que “el mundo es una imagen del lenguaje. El lenguaje viene primero, el mundo es una consecuencia de él.” Y, ¿qué hay del “arriba” y el “abajo”? A muchos nos gusta pensar que no vivimos en el mundo que aparece en los planisferios, sino en el representado por Torres García, donde el sur está arriba. Sin embargo, he llegado a comprender que ese pensamiento responde a la misma lógica que alza a Norteamérica y Europa no solamente en el mapa, es decir, la de creer que “arriba” es mejor que “abajo” cuando, quizás, deberíamos pensar que es diferente y que esas categorías dicotómicas simplemente nos sirven, como convenciones, para orientarnos. Tomándolas de esa forma, pusimos las palabras “derecha” e “izquierda” a nuestro servicio a la hora de relatar nuestra observación.
Quisiera emprender (o continuar) estas líneas, también con el pie izquierdo, que ha representado la creatividad, la debilidad, las emociones. ¿Por qué hacer eso? Porque caminamos por la vida con los dos pies y, a la hora de observar la vida cotidiana, sentimos que nos atraviesa, que nos implica en tanto sujetos porque “Vida cotidiana es la forma de desenvolvimiento que adquiere día tras día nuestra historia individual. (...) Pero a la vez ese mundo es intersubjetivo, social, compartido (...) 'mi mundo' es un mundo que vivo con otros.” Juan Carlos Carrasco, en “Psicología Crítica y Exilio”, plantea que Cotidianeidad, Identidad e Ideología coinciden si nos referimos al ámbito de la persona, y afirma: “Identidad y Cotidianeidad apuntan al mismo significado (…) porque creemos que la identidad no es un fenómeno individual sino colectivo.” La identidad, según él, es la perspectiva psicológica de la cotidianeidad, y ésta es el marco de nuestra existencia. En otros textos se conceptualiza a la vida cotidiana como “el conjunto innumerable y heterogéneo de prácticas en las que transcurre la vida de los sujetos; el escenario de producción de sujetos y por sobre todas las cosas, de producción de subjetividad.” Nosotros (Ana Laura, Carlos, Juan, Micaela y yo) nos sabemos practicando estas prácticas, y viviendo “en un mundo en que las 4 realidades interactúan con dosis variables de influencia en al vida cotidiana.” Este es un mundo que nos produce y, a su vez, producimos. Sabemos que nuestros dos pies nos llevan por ese escenario inmediato y que, al transitarlo, vamos dejando huellas. Por esta razón, no sólo observamos sino que formamos parte, no sólo registramos sino que también sentimos y afectamos. Esto me lleva a caminar “Hacia una política de los encuentros” y pensar en la ética spinoziana, según la cual “en la capacidad de afectar y ser afectados aumenta la potencia de nuestra naturaleza, para poder pensar e imaginar y enunciar lo no pensado, lo no imaginarizado, lo no enunciado.” Por otro lado, me impulsa a considerarnos como parte del campo, de ese campo que es paisaje urbano, y entonces creo (en) un nuevo campo. Es decir que creo (supongo, juzgo, sostengo, opino) que en ese “aquí y ahora” los encuentros múltiples y encontrados, incluido el encuentro observadores-observados (roles que se funden e intercambian), crean (fundan, producen, organizan - o desorganizan) una nueva trama, una nueva escena de la vida cotidiana.
En este sentido, tanto la risa potente de un grupo de chicas a las que observamos como la presencia de nuestros cuadernos y lapiceras dispuestos a “registrar todo” provocan la mirada curiosa de los presentes en el bar, sean clientes o trabajadores (así como a mi me llamó la atención la intensidad del color de la camisa de uno de los señores sentados en la mesa del centro). Pero las acciones de esas chicas y nuestra actividad (así como una camisa de un color “no muy habitual”) eran, en ese momento, parte de la vida cotidiana, del encuentro de encuentros que se daba ahí y entonces, a pesar de que “Habitualmente tomamos lo cotidiano como (…) la rutina diaria, lo ordinario, lo que sigue un determinado orden y por lo tanto es previsible” . Lo que intento mostrar es que, aunque la vida concretizada en los encuentros nos sorprende diariamente, nos cuesta muchísimo comprender a la vida cotidiana como más que la rutina, como un continuo de tradición y novedad, de hábitos y azar, como construcción socio-histórica.
Con todo, lo que nadie parece notar es el reloj en la pared. Mejor dicho, no notamos lo que éste, como una especie de materialización del tiempo dividido artificialmente en partes casi imperceptibles y como símbolo del ordenamiento de las prácticas que, a partir del surgimiento de la sociedad industrial, imprimió en nuestro imaginario “la rutina” como sinónimo de “lo cotidiano”, podría implicar. Una acción tan “natural” como mirarlo no nos guía hacia una reflexión o problematización porque, en esta realidad tan inmediata y palpable que es la vida cotidiana, “Los hechos se aceptan como partes de un todo conocido, autoevidente, como lo que 'simplemente es'.” El reloj, ese que marca las horas (los minutos, los segundos) de trabajo y de recreo en las fábricas (en las escuelas, en los hospitales), está en la pared de un lugar a donde las personas suelen ir a distraerse y comer, y se repite en muchas de las muñecas de quienes se encuentran allí (distrayéndose y comiendo), pero seguramente también en las muñecas de muchos de los que se encuentran en la calle o en la facultad o en sus casas (donde seguramente habrá una pared -por lo menos- coronada con un reloj -otra vez, por lo menos) o en el cine o en el trabajo o... o… e interminables “o”. Al mirar la posición de sus agujas podemos decir a qué hora empezamos a escuchar a Phill Collins, cuánto tiempo llevamos registrando lo que observamos, cuánto la pareja de estudiantes estudiando, cuánto las chicas pasándola bien entre amigas, cuánto los mozos y demás empleados trabajando, y cuánto tiempo nos queda para volver al trabajo, al estudio, o al descanso que permitirá mañana volver al trabajo o al estudio. Así, vemos que el hábito tan actual e instituido de administrar las veinticuatro horas del día imprimiendo, a fuerza de estrés, nuestras actividades en los renglones de la agenda se apropian hasta de los espacios para la risa y el disfrute. El reloj se eleva ante nosotros, como la torre central en la arquitectura del Panóptico de Bentham, para recordarnos ya no solamente qué debemos y qué no debemos hacer porque estamos siendo observados; sino también cuánto de esto podemos hacer para que nos de el tiempo (alguna de sus simuladas unidades) para hacer tanto de lo otro mientras nosotros mismos nos miramos, pues hoy más que nunca la disciplina forma parte de nosotros.
Esto responde a la lógica del consumo (nombre más moderno para “ambición” según Bayce ) que “es el nuevo modo de disciplinamiento social, aun para los que no pueden consumir. El consumo, como nuevo eje de la individuación, hace necesario el control de los deseos.” Considero que, así, el trabajo se convierte en un elemento central de la vida y de la vida cotidiana. En particular, vemos que mientras “La Tortuguita” es un lugar de encuentro para el goce de clientes, también es el lugar de trabajo de quienes los atienen. El trabajo nos permite acceder a diferentes niveles de consumo, pero paralelo a él se encuentra el acotamiento de nuestros momentos de placer. Este fenómeno se encuentra tras el velo que la vida cotidiana, a causa de esa carencia de cuestionamiento y de ese rótulo de “lo real por excelencia”, le proporciona. “Este encubrimiento y distorsión se da a través de un mecanismo peculiar, característico de la ideología dominante, por el que se 'naturaliza' lo social, se universaliza lo particular y se atemporaliza lo que es histórico.” La creencia de que vivimos en un mundo que, al estilo de máquina newtoniana, sigue leyes universales y eternas nos aleja de las posibilidades de transformarlo. Entonces nos convencemos de que “siempre fue así” y de que “es lo que hay, valor”.
Y lo que hay, volviendo a pisar con los dos pies “La Tortuguita” aquel miércoles de noche, es una televisión encendida, que atrae la atención de varias personas en el local. También la radio comienza a sonar en determinado momento. Tener presente estos objetos me lleva a recordar las ya mencionadas “cuatro realidades” planteadas por Rafael Bayce, cuya idea central gira en torno al papel de los medios masivos en la construcción de las mismas. No podemos negar que el aparato de televisión y el equipo de música son objetos que constan de existencia material-concreta, pero esta existencia está atada a la de su realidad ideal-simbólica puesto que la primera “es sensopercibida por alguien y sólo lo es con sentido, significado, instrumental, emocional, valorativo.” Al ver a uno de los mozos y al empleado de atrás de la barra mirando la televisión, pensamos que, quizás, quieren distraerse para que su tiempo de trabajo pase más rápido o sea más ameno, o que quieren informarse de “cómo está el mundo”. Sin embargo, ese mundo que se ve por la pantalla no es “el” mundo porque pasó primeramente por el filtro de los criterios para aumentar el rating, generar publicidad comercial y mantener la atención de la audiencia. Por ejemplo, desde hace semanas, a causa del mundial de fútbol, el mundo mostrado por los informativos se ha convertido más que nada en comentarios sobre ese deporte y en publicidades de programas creados para cubrir el evento, cuestiones que estuvieron presentes mientras observábamos lo que ocurría en el bar y pizzería.
Por otro lado, la hiperrealidad aparece con la construcción de una base material-concreta simulada en la que se basa un fortalecimiento o debilitamiento de determinado imaginario ideal-simbólico. Así, volviendo mi atención a la radio, muchas personas suelen quejarse de que se ha perdido la costumbre de escuchar tango, folklore u otras especies musicales, pues piensan que los jóvenes no se sienten atraídos más que por la música que usualmente transmiten las radios “de moda”. Esta creencia se basa en la simple e inmediata escucha de las mismas. En mi opinión se trata de una hiperrealidad, ya que me sorprende la cantidad de jóvenes que se oponen al sobreénfasis dado por esas emisoras a determinados tipos de música sobre otros, elección detrás de la cual se encubre una ideología que se quiere transferir. Además, me parece pertinente considerar que quienes escuchan una radio o miran un canal de televisión, caso de los presentes en el local y otros innumerables y cotidianos casos, forman un grupo heterogéneo en edades e inserciones sociales. Siguiendo con este tema, otro ejemplo de “hiperrealidad” respecto a los jóvenes es la opinión de que éstos toman bebidas alcohólicas en gran cantidad, lo que ha sido alimentado, entre otras cosas, por la “genial” idea de utilizar el número de botellas de cerveza vendidas durante un conocido festival de rock (que lleva el nombre de una marca de cerveza) a modo de publicidad. Por supuesto, se trataba de una cantidad enorme, pero al ser desligada del número de personas que asistieron al evento (que, por otra parte, no eran sólo jóvenes), del “número de bocas que tomaron”, produce la imagen de “juventud alcohólica” que muchos tienen. Pienso que simplemente observando a los clientes del bar (de variable edad, como ya comenté), mirando lo que beben, nos damos cuenta de que se trata de un fenómeno que se da en toda la sociedad y no sólo en una franja etaria específica. Es decir que, a pesar de que los encuentros de la vida cotidiana se dan entre personas de características bastante diferentes (entre las que se encuentra la edad), se tiende a generalizar y a no razonar que incluso esa categoría de “jóvenes” oculta en sí misma gran diversidad.
La cuarta realidad descripta por Bayce (después de la material-concreta, la ideal-simbólica y la hiperrealidad), a saber: la virtual, “no es más que un paso adelante en la simulación de realidades que la humanidad ha desarrollado desde siempre (arte y ficción incluidas). (…) no debe asustar a nadie, salvo si contribuye a la generación de hiperrealidad” .
A excepción de la música, no pude ver ninguna pintura ni fotografía que pudiera remitirme a esta cuarta clasificación de realidades. Y lo reconozco porque, quizás, si fuera especialista en arte, hubiera notado algún detalle. Así, intento seguir a von Foerster en ese ejemplo de disfunción de segundo orden en que “no puedes ver lo que no puedes explicar.” Esto me trae varios recuerdos referidos a la observación y al registro. En primer lugar, un registro personal que me llamó la atención: la pareja de chicas junto a la pared a la izquierda de la puerta que da a Tristán Narvaja conversó largo y tendido, escuchaba sus voces y veía sus gestos pero su conversación me era incomprensible. La única frase que pude escuchar de la boca de una de ellas, en un momento en que ni ella subió la voz ni el ruido-ambiente disminuyó, fue “fantasía inconsciente”. En segundo lugar recuerdo que, en el momento de reunirnos para re-escribir entre todos la observación grupal, un compañero dijo, refiriéndose al hecho de que había registrado que una pareja de jóvenes estudiaba el test de Rorschach, que se había dado cuenta porque había visto las láminas que aquel dúo tenía sobre la mesa. Entonces, si no fuéramos estudiantes de Psicología ¿habríamos sido capaces de realizar los registros a que aludí? A partir de esto, no puedo si quiera imaginar la inmensidad de hechos que fuimos- y somos- incapaces de percibir.
Asimismo (y volviendo, cual rizoma, a tocar el punto), a la hora de transmitir, de describir y problematizar, por ejemplo, lo cotidiano, utilizo el lenguaje. Lenguaje que, al decir de von Foerster, plantea ciertos peligros. Uno de ellos “es la confusión que nos lleva a suponer que el lenguaje es predominantemente denotativo” cuando muchos psicolingüistas plantean que es connotativo. En otras palabras, el lenguaje no señala sino que apela a conceptos que cada uno de nosotros tiene internalizados, “contando con que nos apoyamos en nociones recíprocamente compartidas respecto de ese referente particular.” Aunque contamos con ello, no creo que siempre sea así y es por eso que, seguramente, el texto que cada uno de ustedes lea será diferente del que yo estoy escribiendo y del que otro leerá. “La Tortuguita” que yo viví ahí y entonces, y todo lo que me llevó a revivir y plasmar aquí, no es igual a aquello que ustedes puedan percibir, allá y después, leyendo estas líneas.
Ahora me pregunto cómo terminar, pues siento que en estas líneas han quedado muchos “cabos sueltos”. La vida cotidiana, como cuerda continua, como multiplicidad de encuentros dentro de encuentros (como pizza, risas y grapa miel), al ser cortada transversalmente para ser analizada, se divide en tantos cabos (que a su vez se subdividen en infinitos hilos), en tantos micro-encuentros, que me parece imposible atar todos y cada uno de ellos a un análisis profundo de significado (o a análisis profundos de significados). Y aquí termino preguntándome porqué terminar, si la cotidianeidad -como aquí y ahora de la vida- continúa y podríamos seguir acercándonos asintóticamente a análisis posibles… La respuesta es obvia y simple: hay que entregar este trabajo (¡y justo un martes 13!).
servido por autopoiesis
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