UdelaR-
Facultad de Psicología
Psicoanálisis-3er
ciclo
Seminario: “Psicoanálisis
o
Psicopatología”
Docente:
Marcelo Novas.
María
E. Viñar
Octubre de 2007
Un “trabajo” enigmático.
¿Qué preguntarle al duelo?
“El duelo por la pérdida de algo que hemos amado o admirado parece al
lego tan natural que lo considera obvio. Para el psicólogo, empero, el duelo es
un gran enigma, uno de aquellos fenómenos que uno no explica en sí mismos, pero
a los cuales reconduce otras cosas oscuras”[1]
En medio de un velo de oscuridad es necesario aunque fuere un rayo de
luz, y es así como, para vencer el miedo a la incertidumbre y la ignorancia que
rodea los enigmas, no hay mejor alternativa que la posibilidad de formularse
preguntas. Pero, ¿qué preguntarle al duelo?
Si la pregunta fuese “qué es”, rápidamente podríamos responder a
través de la definición que Laplanche y Pontalis dan de ese “trabajo”: “Proceso
intrapsíquico, consecutivo a la pérdida de un objeto de fijación, y por medio
del cual el sujeto logra desprenderse progresivamente de dicho objeto.”[2]
Pero considero que de esta forma no estaríamos en absoluto más cerca de
resolver el enigma del duelo.
Primero que nada sería pertinente entender ante la pérdida de quiénes
aparece el duelo, a quiénes se hace referencia cuando, en la literatura
psicoanalítica, se utilizan términos como: objeto
de fijación o, quizás aún más complejo, objeto
de amor. ¿Qué se lleva este objeto consigo que hace que, aunque fuere por
un tiempo no muy prolongado, la vida resulte tan insoportablemente dolorosa sin
él? Y, ¿por qué decimos dolorosa y no angustiante?
Por otra parte, tampoco allí termina de aclararse del todo la
cuestión, pues deberíamos también preguntarnos “cómo”. ¿Cómo se elabora un
duelo? ¿Cuándo se considera finalizado este “trabajo”?
El fantasma
que protege la falta.
“Nadie cree en su propia muerte, o, lo que viene a ser lo mismo, en el
inconsciente cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad”[3].
Este es uno de los planteos que Freud hace en “Nuestra actitud hacia la muerte”
(segundo apartado de “De guerra y muerte. Temas de actualidad”). Allí mismo nos
dice que, a pesar de ello, el hombre primordial se hizo a la idea de que él
también podía perecer. La muerte dejó de serle ajena en el momento en que sintió
el dolor provocado por la pérdida de personas amadas, de seres que no eran tan otros,
“es que cada uno de esos seres queridos era un fragmento de su propio yo, de su
amado yo”[4].
Pero, ¿en qué sentido? ¿Cómo es que un otro puede recibir ese status
de fragmento del propio yo? Es aquí
donde, recurriendo a “El libro del dolor y el amor”, se hace posible plantear
que ese lazo de amor que nos une al objeto elegido, a la persona del amado, es el fantasma
del amado, soldadura inconsciente de un sujeto con la persona elegida. Dice
Nasio: “la persona amada ha cesado de ser solamente una instancia exterior para
vivir también en el interior de nosotros como un objeto fantasmatizado que
resitúa nuestro deseo al hacerlo insatisfecho en el límite de lo tolerable.”[5]
Es decir que este fantasma del amado, soportado por su persona viviente,
permite nuestra estabilidad psíquica, el flujo ordenado del deseo y medido del
placer, a través de la insatisfacción, del mantenimiento de la falta.
Esa falta no nos ha abandonado desde aquel corte simbólico introducido
por la palabra paterna, representante de la ley, que resultó en que jamás
volviésemos a ser el falo imaginario
y comenzáramos a desear tenerlo para llenar un vacío interno que jamás podremos
completar. Me refiero a la castración según la conceptualiza Lacan, en la que
“el mismo falo es, en tanto imaginario, el objeto
al cual apunta la castración y, en tanto simbólico, el corte que opera la castración.”[6]
El falo simbólico es el significante de esa falta que nos acompañará toda la
vida, agujero que el fantasma del amado protege, evitando completarlo, y que la
persona del amado hace más tolerable al ocuparlo a medias desde afuera.
Entonces, al hablar del fantasma, estamos refiriéndonos al objeto a, para el cual “Lacan propone una concepción circular según
la cual se trata siempre, bajo las diversas formas en que este objeto se
manifiesta, de la misma función de falta, ligada a la constitución del sujeto
en el lugar del Otro.”[7]
Es decir que a es considerado por Lacan como un objeto de identificación a
través del cual se ama, pero que no se tiene. Nos referimos a “esa presencia
inasible del otro amado en nosotros, esa cosa que perdemos cuando la persona
elegida desaparece definitivamente de la realidad exterior.”[8]
La presencia del amado en el inconsciente, por otra parte, se
encuentra en los registros simbólico, real e imaginario. Es este último
registro el que engendra un espejo de vidrios rotos que también refleja
deformadamente al propio sujeto, devolviéndole imágenes de sí mismo. Pero el
fantasma necesita del soporte viviente de la persona del amado, necesita de la
irradiación de su deseo; el ser amado es para nosotros, así como nosotros somos
para él “el mismo ser mixto hecho de carne y de inconsciente.”[9]
Es a partir de aquí que comenzamos a transitar el camino hacia la
comprensión del fenómeno del duelo, como aquel que comienza con una pérdida,
pero no la del cuerpo del ser amado como tal, sino la del cuerpo como lo
material que sostiene al fantasma del amado. Este último, al quedar sin sostén,
genera una serie de dolorosos desequilibrios que aún nos queda pendiente
desentrañar.
No hay prueba
que valga: insustituible y reaparecido.
El duelo, que Freud describe en “Duelo y melancolía”, presenta determinadas
características: una desazón dolida, el desinterés por el mundo exterior e
inhibición de toda productividad, que desaparecen espontáneamente un tiempo
después, una vez llevado a cabo el “trabajo de duelo”. Pero, ¿cómo se da ese
“trabajo” según Freud? El examen de realidad muestra que el objeto no existe
más y, entonces, poco a poco se va quitando la libido de sus enlaces con ese
objeto. “El duelo mueve al yo a renunciar al objeto declarándoselo muerto y
ofreciéndole como premio el permanecer con vida”[10].
Pero, ¿cómo conformarse con una vida de la que ese ser tan preciado ya no forma
parte? ¿Cómo convencerse de que seguir con vida es una recompensa cuando una
pérdida ha hecho tambalear hasta al “amor a la imagen de sí mismo”[11]?
Esta es una suerte de crítica que no supe formular correctamente hasta
dar con una de las que Allouch enuncia en “Erótica del duelo en el tiempo de la
muerte seca”, la que refiere al objeto
sustituible, una de las concepciones esenciales del duelo freudiano, e
incluso al propio echo de referirse a un ser querido como objeto. Según el planteo de este autor, ya desde declaraciones que
Freud realizara en “Tres ensayos de teoría sexual”, el objeto es descrito como
incapaz de motivar el deseo, lo que genera la posibilidad de ser considerado
como sustituible. Después de todo lo plasmado en el apartado sobre la persona
amada y a través de lo propuesto por Allouch, comprendemos que no puede
pensarse un objeto desvalido de la función de suscitación de deseo, por lo que
no puede concebirse el sustituto de un ser querido. No quiero decir con esto
que nadie más pueda volver a ocupar el status de un elegido, sino que jamás
será sustitutivo, porque su fantasma no será el mismo que el que unía al sujeto
con el desaparecido y el nuevo elegido suscitará el deseo de forma diferente,
ya que su propio deseo será distinto.
En este sentido, considero que Nasio logra, aunque sin intención de
hacerlo, enunciar un duelo similar al freudiano, pero con cierto matiz,
evitando la necesidad de la recompensa que sería una sustitución. Dice: “La
reacción del yo contra la conmoción desencadenada por la pérdida se descompone
en dos movimientos: una aspiración súbita de la energía que lo vacía –
movimiento de desinvestidura -, y la
polarización de toda esta energía en una sola imagen psíquica: movimiento de sobreinvestidura. (…) Hacer un duelo
significa, en efecto, desinvertir poco a poco la representación saturada del
amado perdido para volverla nuevamente conciliable con el conjunto de la red de
las representaciones yoicas.”[12]
Esto significa, sí, redistribuir la energía, no obstante esta redistribución no
implica ineludiblemente a un objeto sustitutivo; sino a la libido puesta en
otras representaciones, de otros objetos y personas, pero que sin dudas no
vendrán a tomar el lugar exacto del fantasma del desaparecido. Posteriormente,
en la página 202, Nasio reafirma el planteo freudiano de un objeto sustitutivo,
pero ¿cómo puede este autor darle al lazo con el desaparecido el estatuto que
le da, para luego decir que puede ser sustituido? Considero que la reafirmación
aludida no se desprende de forma lógicamente necesaria de lo antes planteado y
me hace pensar que el matiz que percibí es puro azar.
Por otra parte, Nasio es uno de los tantos que utiliza la expresión
“trabajo de duelo”, que Allouch critica en varios puntos de su libro sobre el
duelo. Considera que se trata de una expresión fortuita, cuyo status no es el
de concepto dentro de un texto (“Duelo y melancolía”) en el cual ni siquiera
existe el intento de explicar el propio duelo. Es que Allouch plantea que se
toma como una explicación del duelo aquello que Freud describe explícitamente
como un intento de explicación de la melancolía a partir del duelo, al cual al
parecer plantea como ya explicado.
Otro fundamento es que, al responder por la negativa a su pregunta
“¿Puede la realidad ser prueba de lo
que sea?”, ya no podría pensarse el “trabajo” de responder al mandato de la
realidad. Dice Allouch: “Si en especial la realidad ya no es aceptada como
aquello contra lo cual quien está de duelo se da de narices (…) ya no se ve muy
bien lo que quiere decir ‘trabajo de duelo’.”[13]
Una de las objeciones que hacen caer la estabilidad del “principio de
realidad” se basa en una experiencia que suele ocurrirle al recién enlutado. Es común que quien está
de duelo vea al muerto en todas las personas, en uno o varios rasgos que por un
momento despierta la creencia de un reencuentro y hace estallar de felicidad.
Es por eso que el autor no habla de muerto sino de desaparecido, ya que “por
definición, es algo que puede reaparecer, reaparecer en cualquier lugar, en
cualquier momento, a la vuelta de la próxima esquina. Así nos vemos impulsados
a concebir que no habría precisamente prueba de la realidad para quien está de
duelo”[14].
Nasio también desequilibra la balanza en desmedro del principio de
realidad, pero sin proponer la propia eliminación de la balanza. Es decir que
no plantea la inexistencia de este principio en el duelo, pero sí que ante el
clivaje producido por la disyunción: presencia del otro en mí- ausencia real
del otro, el yo elige rechazar la segunda, no bastándole la realidad como
prueba. En este punto comenta lo que él llama el fenómeno del amado fantasma, término que emplea por analogía al
fenómeno neurológico del miembro fantasma. O sea que “la alucinación de las
sensaciones fantasmas procedentes del brazo amputado, o la alucinación de la
presencia fantasma de un marido desaparecido se explicarán ambas por una
sobreinvestidura tan desproporcionada de la imagen de esos objetos perdidos que
ésta termina por ser eyectada fuera del yo.”[15]
Esto podría ser considerado como una posible explicación para la experiencia de
ver al desaparecido en todas partes que relata Allouch, salvo si se tiene en
cuenta la crítica que este autor hace también a la noción de representación.
¿Entre carne e
inconsciente? Donde termina el espejo.
Pero volvamos, una vez más, al duelo que Nasio refiere o, mejor, al
sentimiento que según este autor causa ese fenómeno: el dolor psíquico. Éste
sería “el afecto que expresa el
agotamiento de un yo muy ocupado en querer desesperadamente la imagen del amado
perdido.”[16] Y son
los movimientos de desinvestidura y sobreinvestidura los que agotan al yo,
llegando este sentimiento de desasosiego a la conciencia.
Pero, ¿por qué se habla de dolor
y no de angustia? La angustia sería
la reacción ante la inminencia de una conmoción pulsional, mientras que el
dolor se produciría cuando, en efecto, esa conmoción se da, producto de una
pérdida súbita. Sin embargo, al hacer este planteo, Nasio parece no considerar
una posibilidad que podría desprenderse de sus propias enunciaciones. Como lo
dijera en páginas anteriores, el fantasma del amado protege la falta y, con el
desvanecimiento que le ocurre a éste al quedarse sin soporte de carne, pronto
ocurre un (aunque fuere mínimo) temblor del orden del deseo. ¿Puede el
sentimiento de dolor fundirse, por lo menos en los primeros momentos
posteriores a la pérdida (en los que, según Allouch, lo primero que hace el
enlutado es decir “no es verdad”), con una angustia que anticipa el
desequilibrio inminente?
Este planteo podría relacionarse a primera vista con la señal de angustia que Freud introduce en
la reestructuración que hace de su teoría de la angustia en la 32ª conferencia
de Introducción al Psicoanálisis. Sin embargo, si nos atenemos a la descripción
que Freud realiza de esta señal como “semejante a los desplazamientos de
pequeñas figuras sobre el mapa, anteriores a que el general ponga en movimiento
sus masas de tropa”, debemos tener en cuenta que lo que el yo anticipa como
peligroso es “la satisfacción de la moción pulsional dudosa (…) Así se pone en
juego el automatismo del principio de placer-displacer, que ahora lleva a cabo
la represión de la moción pulsional peligrosa.”[17]
Vemos así que la angustia planteada en el párrafo anterior podría no condecirse
con la señal de angustia freudiana. No es la satisfacción de una moción
pulsional lo que amenaza sino la falta de quien sostenía la tolerabilidad de la
no satisfacción.
Ahora, si planteamos la angustia desde Lacan, desde los “apuntes” que
Moustapha Safouan toma del seminario de Lacan sobre la misma, podríamos llegar
a una versión diferente. Según estas notas, el ágalma es el lugar elegido por la angustia, es esa relación del
sujeto con su falta, ese límite donde termina el espejo y comienza lo
reflejado. En este sentido, la angustia no puede ser previa a la existencia del
yo, no puede ser pre-especular, no puede tener su origen en el nacimiento,
porque según la propia definición freudiana, no muy exhaustiva para Lacan, la
angustia es una señal en el yo. En
definitiva, es cuando Safouan comenta el planteo lacaniano sobre el sadismo
cuando queda muy claro que la angustia es producto de la imposición de “esta
división, esta hiancia que hay entre su existencia de sujeto y su ser de
carne.”[18]
División, que se hace palpable en el duelo, de aquel lazo que unía al enlutado
con el desaparecido, un lazo de carne y
de inconsciente. Ya no hay cuerpo viviente, ya no hay soporte de carne,
aunque no haya prueba suficiente de ello, y el fantasma que aún persiste
deviene testigo de aquella división.
Sin embargo, agreguemos, “la angustia no es por la falta, sino por la
desaparición de esta falta.”[19]
Ya sabemos que la falta, al menos en el caso del duelo normal, no desaparece,
pero… ¿no generará al menos un mínimo sentimiento de angustia